Martín
Le conocí a los once años, es decir en los años setenta. Fue mi profesor de música y de castellano. (Me suspendía solfeo cada día y siempre me ayudaba la última clase de la evaluación para que pudiera llegar al cinco). Más tarde me dijeron que no sabía castellano cuando llegó a esta casa donde vivió él casi toda su vida, no me lo podía creer. ¿Cómo es posible que no supiese castellano? Cuando conocí a parte de su familia, dónde vivían y cómo eran lo entendí. Era su lengua materna, lengua que no se olvida, que respetaba, que amaba de verdad. No la inventada por otros que quieren imponerla, amaba la de su valle, la de sus padres, la de sus hermanos.
Hay muchas cosas que contar de Martín. En primer lugar que siempre fue para mi, ‘padremartín’. Me costó mucho tiempo tutearlo, por respeto, por admiración, por verle como una persona especial. Este trato aparentemente lejano no se correspondía con la realidad. Siempre me sentí muy querido por él. Sentía su apreció, su acogida cuando pasaba mis vacaciones de estudiante en su comunidad siempre fue excepcional. Era referencia de tantas cosas en la comunidad de Vila-real que le vamos a echar de menos de verdad. Tengo que decir, como hermano de su comunidad, que era muy fácil y extraordinariamente sencillo compartir la vida con alguien tan fiel y entregado a vivir el proyecto de vida de Jesucristo. La sencillez a la hora de vivir su vida como religioso facilitaba estar cómodo a su lado y compartir la vida con él.
Murió el pasado día 23 de enero. Ya no paseará por el claustro, no saldrá un momento de su despacho al lado de la escalera para tomar un café. Tendremos que estar atentos para abrir la puerta en horario fuera de portería ya que él no está para abrir. Nos va tocar aprender a conectar la caldera de la calefacción y el agua caliente cuando se disparé. Otro hermano tendrá que fotocopiar las
La vida está llena de pequeñas cosas, las de cada día. Son los hermanos quien las viven, las comparten y las acercan al otro. Martín, ‘padremartín’, era grande, muy grande por vivir intensamente las pequeñas cosas de las que está hecha la vida de comunidad y estar siempre ahí para compartirlas. Le encantaba estos últimos años hablar más que nunca, nos ayudaba a alargar la tertulia después de cenar, comentaba las noticias de la televisión. Siempre encontrabas en él una sonrisa a la vuelta de un viaje, una pregunta sobre alguien que creía que podría haber visto, o un silencio para escuchar la historia que iba a contar seguidamente. Siempre cerca, siempre ahí, siempre en la comunidad. He leído que era maravilloso escucharle y que pasará a los recuerdos de muchos por ser silencioso. Quizá sea así, pero ya lo dice nuestra Regla del Carmen que seamos moderados en los comentarios. En esto, como en muchas otras cosas, fue un gran carmelita, un gran ejemplo de vivir en obsequio de Jesucristo. Yo he tenido la gran suerte, el gran regalo que Dios me ha dado, de poder conocerlo, respetarlo, admirarlo y aprender de él cuando tenía once años y de haber vivido como hermano estos últimos siete años de mi vida.
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