martes, 29 de abril de 2008

Subir al Sur


Suena extraño. Lo sé. Subimos al Norte. No es posible subir hacia abajo, porque el Sur está debajo, al fondo, por debajo de mis pies. El Sur es para escapar, por supuesto hacía arriba. En el Sur no se vislumbra el horizonte que está en el Norte. Los del Sur los que no nos representan, están más cerca de los verdaderos vecinos del Sur que de nosotros, además quieren escapar de allí. El Norte sólo se ve con la cabeza levantada, hacia el horizonte, hacia arriba. El Norte es el lugar donde las brújulas señalan, hacia donde caminar y mirar. El que no sabe muy bien donde va, que ha perdido el rumbo de su vida, al que se le nota que ha perdido un poco la cabeza se le dice que ‘ha perdido el norte’. Acceder al Norte, un lugar de privilegio, un lugar deseado, se hace siempre subiendo: escalando socialmente, subir en el escalafón de la empresa… son personas con la brújula bien programada y con el norte de su proyecto bien fijado. Norte y Sur son mucho más que la denominación de unos puntos cardinales. Son referencia sociológica, cultural, política y económica. En el Norte pocos, con cierto nivel de vida, cultura refinada, ‘democracias’ y un poder adquisitivo consolidado y estable. En el Sur están los países en vías de desarrollo (¿qué es desarrollo?), son muchos y tienen necesidades básicas sin cubrir, culturas cargadas de excentricidades para visitas turísticas, no tienen poder adquisitivo suficiente para acceder a derechos básicos como la educación o la sanidad.

Recuerdo cuando era niño en la catequesis, cuando aprendí el catecismo, que se nos decía que tenemos que aspirar a subir al cielo, es decir a ser ‘buenines’. Este término no se usaba entonces pero ahora explica muy bien lo que se nos pedía. Eran los malos, los que se portaban mal y los que no iban a misa los domingos los que bajaban a los infiernos. En nuestro Credo aún se utilizan estas referencias espaciales a los puntos cardinales como lugares de bondad o maldad. Subir supone encontrarse con Dios y bajar con el mal. Subir es la posibilidad de salvación, es el cielo, es la presencia de Dios. Bajar es el pecado, es perder cualquier posibilidad de encontrarse con Dios. Quizá todo esto venga influenciado por la iconografía de la Ascensión. Cuando alguien hace algo que le coloca fuera de la normalidad, del mantenimiento del status que se le supone se dice de él: ‘que bajo ha caído’. Bajar y caer, pecado y mal… el Sur, lo de debajo de nuestro mundo, el infierno.

Mi propuesta es subir al Sur para encontrar al que cambia nuestro corazón. Es la propuesta de un grupo de amigos para sensibilizar sobre su compromiso de voluntariado internacional. Es un verso de una canción de Brotes de Olivo, un grupo de música religiosa del sur de España. Subir al Sur, aunque parezca un imposible, es emprender un camino que casi asegura el encuentro con Dios. Él ha optado por el Sur, ha hecho de los habitantes del Sur sus hijos predilectos: ellos nos precederán en el Reino de los cielos, de ellos es el Reino de los cielos, ellos heredarán la tierra, con ellos se sentaba a la mesa, a ellos se dirigía para tocarlos y sanarlos… Subir porque es el verbo empleado para denominar la posibilidad de encontrarnos con Dios, Sur porque es el lugar escogido por Dios para amar más.
Quiero subir al Sur cada día y bajar al Norte. Acercarme a los escondrijos del Norte de la imagen y los callejones llenos de corazones rotos por el frío viento que las grandes calles. En el Norte siempre hace frío. Corazones que son latidos del Sur en al esquina de mi barrio. Subir al Sur cada vez más hundido por las necesidades del Norte, Sur lejano que mira a nuestro Norte con el cuello estirado para salir deprisa arriesgando la vida cogiendo un cayuco mal terminado. Subir al Sur de otra cultura y otros hermanos que reciben con los brazos abiertos por sus cruces de cada día. Sé que sólo el Señor puede cambiar mi corazón, sé que sólo subiendo (andando, creciendo, buscando, mirando, sintiendo, tocando, viviendo…) podré encontrarme con Él. Sé que su lugar es el Sur, que sus hijos predilectos, a los que más ama están ahí, sentados a la puerta de una casa de zinc esperando que llegue el agua corriente para calentar el arroz o lavarse la cara o en los pupitres gastados de una pequeña escuela en el suburbio de esa mundo, que también es nuestro, y que llamamos, a veces con desprecio, el Sur.

martes, 22 de abril de 2008

Reconciliación

Hay ocasiones en que te reconcilias con los tuyos por alguna circunstancia o acontecimiento. Es una suerte porque también puede suceder lo contrario y entonces se sufre. El sentido de pertenencia a una familia no se pierde pero hay momentos en los que se acumulan tantas cosas que no compartes, que parece que estás fuera. La distancia, las ausencias, la falta de sintonía con las decisiones que se toman, las propuestas de los cabezas de familia y que están lejos de tu manera de pensar son circunstancias, que sin saber cómo y porqué, te alejan de lo que es tu familia y tu gente.
El último viaje del Papa Benedicto XVI a EEUU me ha reconciliado un poco con esta familia grande que es la Iglesia a la que pertenezco. Me ha llenado de alegría la valentía y la honradez con la que ha tratado el tema de la pederastia y de los abusos sexuales que algunos de los clérigos norteamericanos han cometido en los años anteriores. Creo que la manera de afrontar la cuestión desde el principio ha sido un testimonio. Ha hablado sin tapujos, reconociendo la culpa y el daño que se ha realizado, colocándose el primero en la petición de perdón y por lo tanto, con todas las distancias necesarias, asumiendo parte de la responsabilidad, llamando la atención a los obispos, con la delicadeza hacia las víctimas y pidiendo por ellas. Todo esto ha ayudado a presentar con naturalidad ante el mundo esa cara de la Iglesia de la que habla el Vaticano II, es la cara de pecadora que es real. En nuestra Iglesia no es muy habitual este método. La visita de Benedicto XVI me ha hecho descubrir que se puede y debe usar el reconocimiento de culpa, que podemos y debemos pedir perdón, que hay cosas que hacemos mal, que solo desde el reconocimiento se pueden cambiar, que los importantes son los que sufren, que hay que dar la cara y reconocer los errores. Estaba pensando en el encuentro, programado y organizado en Madrid, sobre la Familia. Ni una palabra sobre los procesos de nulidad matrimonial que se realizan en la Iglesia y la parcialidad (aparentemente) que impera en la resolución de los mismos, ni una palabra sobre la propuesta de ‘aguantar’ que durante años se ha propuesto a mujeres en matrimonios rotos por la violencia, el engaño, la violación… Quizá el reconocimiento de errores hubiera sido la mejor manera para consolidar la propuesta de la familia como célula vital de una sociedad diferente.
Creo que el Obispo de Roma ha abierto una puerta importante para recorrer un camino nuevo. Ahora queda seguir caminando por él y continuar con una palabra, por ejemplo, para la mujer todavía apartada del ministerio ordenado en un mundo donde ya no debe haber distinción con el hombre. También merecen una palabra los países del tercer mundo donde la Iglesia ha llegado con un esquema occidental de vida que ha cambiado su cultura y sus costumbres. Palabras de reconocimiento de errores en la utilización del nombre de Dios en guerras, en apoyos y en silencios respecto a procesos políticos o en regímenes totalitarios.
Estoy convencido que este es el camino de la nueva evangelización, de una manera nueva de anunciar la Buena Noticia. Esta sencillez y humildad nos ayudará entender más y mejor la Palabra de Dios. Un sacerdote me decía que no debería estar hablando de eso permanentemente en su visita, que mejor estar callado. Creo que no. El testimonio de Benedicto XVI lo ha hecho humano y sólo desde la humanidad, en todas sus dimensiones y facetas, podremos anunciar al Encarnado.

viernes, 18 de abril de 2008

Los cambios

Estamos viviendo en las comunidades una temporada de cambios. Unos quieren cambiar y no cambian, unos no quieren cambiar y cambian, otros cambian siempre, algunos nunca. Oyes a uno y dicen que los cambios son malos, que lo único que hacen es desorganizar las cosas. Hay hermanos que piensan que se debería cambiar por decreto: tendría que estar estipulado en nuestros Estatutos el máximo de años que un religioso debe permanecer en una comunidad. Todos estamos de acuerdo en que es necesario cambiar personalmente. A esto le hemos puesto varios nombres: conversión, transformación personal…
Me ha surgido una pregunta estos días en que estoy ‘esperando destino’: ¿Ayuda a la necesidad del cambio personal el cambio de lugar o de comunidad? Yo no tengo mucha experiencia en ello pero me inclinaría por decir que si. Cambiar de comunidad, de trabajo, de hermanos aparentemente ayuda a desligarse (pensemos en el peor sentido de la palabra, o el más fuerte que conduce casi a ser identificado con la perdida de libertad) de alguna cosa a la cual, muchas veces sin darte cuenta te estás atando. Algo o alguien se te han pegado a tu vida, a tu proyecto y casi sin darte cuenta no te está dejando ser tú mismo o desarrollar todas tus potencialidades. El cambio de lugar o tarea, la necesidad que produce dicho cambio de buscar encuentros nuevos con otros hermanos de comunidad hace que puedas reconoces tu atadura, es decir, aquello que se te había pegado y no te habías dado cuenta. El identificarla es la mejor manera de iniciar un cambio, una conversión, una transformación personal.
Sobre los cambios no hay recetas. También yo soy un convencido del diagrama de flujo para la resolución de problemas:



miércoles, 16 de abril de 2008

Soledad


Sentirse solo es algo tremendo. Yo pido muchas veces por los que están solos. Los que hemos sido educados a vivir con otros no estamos preparados para la soledad. La soledad me asusta. Creo que tengo miedo a encontrarme conmigo mismo. Me produce ansiedad no conocerme o descubrirme como alguien no deseable. Soledad es mirar alrededor y no ver a nadie más que a ti mismo. Miras y miras y no te conoces.
La soledad tiene también una parte positiva. No tienes que fingir. Nadie te pregunta ‘¿cómo estás?’ y por lo tanto no tienes que responder con el consabido topicazo de ‘bien’. Quizá tu mismo yo te haga la pregunta pero el topicazo no funciona. En la soledad no hay fingimientos, caretas o falsas sonrisas.
Tenía un amigo en mi pueblo que vivía en una de las casas más solariegas del mismo. Siempre lo vi como un anciano. Ya murió. Muchas veces en el pronto atardecer del invierno se retiraba a su casa y siempre decía la misma frase. ‘me voy a casa que me espera Soledad’. Siendo niño pensé que su mujer se llamaba Soledad. Más adelante descubrí que era soltero. Muchas veces he pensado si de verdad deseaba encontrase con su Soledad.
Yo no deseo encontrarme con la mía. Hace tanto tiempo que no la he visitado que me asusta un poco el gran número de preguntas que tendrá almacenadas. Actualmente no sé si sería capaz de responder a todas. Soledad está ahí esperando siempre. Yo busco maneras de no encontrarme con ella: trabajo, ocupaciones, ruido, móvil, citas, radio, música, viajes… pero ella sigue sentada al píe de la cama cada noche. Solo el cansancio acumulado del día hace más llevadero el encuentro con ella al hacerme caer antes en el sueño, pero no desfallece ni se cansa de esperar. Un día te encuentras con ella y descubres que la Soledad es tu yo, eres tú mismo ante el espejo de la vida. No te reconoces, quieres mirar para otro lado pero no hay nadie. Ves una radio y la quieres conectar para que no se escuchen las preguntas. Pero decides no hacerlo. En ese mismo momento escuchas la primera pregunta: ¿Tú quieres eres de verdad?

martes, 15 de abril de 2008

Cartas al Niño Jesús

Una amiga me ha mandado un power point de esos que se van mandando de aquí para allá. Creo que ya lo había recibido hace tiempo. Tengo un hermano que me manda cinco o seis cada día. He viajado a Egipto varias veces con ellos y he pasado por Capadocia varias veces. Muchas veces no me da tiempo de ver las fotos, casi nunca escucho la música de los mismos en su totalidad. Está muy bien compartir todas estas cosas pero también hay que comprender que no se pueden ver todos. Los buzones de correo se llenan de esas cosas. Ya me estoy alejando del tema en cuestión. Mi amiga se va creer que es una regañina a ella. Al contrario. Me ha encantado poder ver con tranquilidad el que me ha hecho llegar. Eran pequeños trozos de cartas al niño Jesús de alumnos de un colegio italiano. La mayoría eran muy personales agradeciendo incluso las novias que Dios les había puesto en su vida. Gracias por enviarlo. Me gustaría poder colgarlo aquí pero no sé muy como se hace.
Quiero compartir con vosotros dos pequeños trozos de esas cartas que el power presentaba. ‘Querido Niño Jesús: a veces pienso en ti aunque no esté rezando’ (Ricardo). Maravilloso. Esa es la clave. La presencia de Jesucristo, la fe no es algo que afecta solo a la capilla. Él debe estar presente cada segundo de nuestra vida. Es un salto cualitativo a la hora de vivir nuestra fe. No reduzcamos a Jesucristo a la capilla, a los sacramentos, a la liturgia, al incienso. Pensar, sentir, gozar, ver, apreciar… a Jesús en la calle, en la comunidad, en los vecinos, en los pobres, en los ricos, en el trabajo, en el viaje… Un proyecto de vida por, con y en Cristo.
La segunda de las cartas que quiero reproducir era de Nora: ‘Querido Niño Jesús: ya no he vuelto a sentirme sola desde que descubrí que existes’. Sin comentarios.

domingo, 13 de abril de 2008

La caridad sin verdad, simplemente es falsa

He estado releyendo un pequeño folleto sobre el desarrollo afectivo sexual y la manera de enfocar esta dimensión de la persona en el acompañamiento vocacional. ¡Increíble! Vaya frase que me ha salido de un tirón. No sé si es el mejor resumen del folleto pero queda de miedo. Volviendo a lo serio quiero decir que es una dimensión de la persona muy importante, quizá la más importante, y por lo tanto hay que conocerse bien a uno mismo para poder tomar una decisión que afecta al proyecto de vida como es la vocacional.

No quería escribir sobre esto. Solamente quería copiar una frase que me ha encantado y que no puedo dejar de pensar en ella desde hace unos días. ‘La caridad sin verdad, simplemente es falsa’. Cuando la leí me quedé frío. Empecé a hacerme preguntas. ¿Qué es verdad? ¿Qué es caridad? ¿Qué caridad estoy haciendo? ¿Cuánta verdad hay en ella? Mi caridad ¿es verdad o autojustificación? ¿Me estoy engañando con mi caridad? ¿Afecta en algo a mis verdades la caridad que práctico? ¿Qué autenticidad tiene mi caridad? ¿Soy austero en mi caridad? ¿Es la austeridad de vida parte de la verdad de mi caridad? ¿La caridad que práctico es amor o limosna de calderilla? ¿La verdad de mi vida me lleva a ser caritativo?.... Así llevo cinco o seis días. Un pequeño purgatorio.



Mi caridad: limosnas, proyectos solidarios, campos de trabajo, generosidades con limites, escuchar a alguien que me cae bien…
Mi verdad: ¿?

viernes, 11 de abril de 2008

Pesado

La rueda de molino es muy pesada. Yo tengo fama de pesado. La rueda de molino destroza todo aquello que cae en el círculo que va dibujando la pesada piedra. Yo más o menos hago lo mismo, por lo menos esa es mi sensación. La rueda de molino es movida por el agua o por el viento y no para, sigue y sigue. Eso me gustaría a mí, seguir y seguir.
Hay una frase que me impulsó a poner este título a la ventana. ‘No comulgar con ruedas de molino’. No sé muy bien lo que significa pero creo que es porque las ruedas de molino no pueden cambiar de dirección, siempre en la misma y siempre dependiendo del elemento de la naturaleza que las mueva. Yo no quiero ser así. Me gustaría ser libre, poder manifestar aquello que pienso, que siento, que me quema en el interior sin depender de la fuerza del viento o de la corriente de agua en la que esté navegando. Esta es mi declaración de intenciones. Vengo de una ventana donde me he sentido así y quiero que esta nueva que comienzo sea igual de libre y de sincera.
Lo único que siento es ser un pesado, la verdad es que me va a resultar muy difícil cambiar. Tengo una amiga que me dice que escribo apuntes demasiado largos, intentaré ser más corto y resumir aquello que quiero decir. La parte de destrozar y hacer harina de todo lo que pille espero poder limarlo también. No quiero destrozar nada, solo acompañar o compartir. De la rueda me quedo con la constancia en el girar y girar, para mi en el escribir y escribir, seguir y seguir.