martes, 22 de diciembre de 2009

Tomar la calle







El sábado puede hacerlo. Éramos un grupo numeroso. Tomamos la calle durante un rato, durante casi dos horas. No era una procesión, tampoco era del todo una romería. Era un tomar la calle con alegría. Faltaron cosas para hacerla nuestra y hacerlo de verdad: megafonía, canciones, alegría, fiesta, pancarta. Había cosas nuevas y originales: globos, pañuelos, informalidad, conversación… Había cosas del pasado: peana, ‘costaleros’, imagen de la Virgen… Esto último, que era lo que nos había convocado, parecía que no era del todo importante ya que iba al final, casi sin nadie, alguno de los sacerdotes y frailes. El grupo numeroso de personas iba ‘a su bola’. Me pareció bien, sabían donde iban, todos habían sido convocados para lo mismo y por EL mismo. Pero íbamos contentos, paseando, rezando, cantando, disfrutando de tomar las calles, hablando de nuestras cosas. ¿La liturgia? La justa: capas pluviales, hábitos, albas, peana y algo de incienso. Ni en las oraciones de las distintas paradas la hubo: aplausos, gritos, oraciones preparadas pero propias… ¿La comunidad? Toda, unida, de fiesta, caminante, con rumbo. No fueron formales ni el acetre y el hisopo. La fe toda en forma de comunidad que camina, de dar testimonio de la misma… Pero había algo importante para mi. Estábamos en la calle por nuestra fe. Nada de tradiciones, nada de obligaciones, nada de formalismos (todo esto llena otras procesiones a lo largo del año). La calle fue durante dos horas de la comunidad creyente de Onda. Nada más y nada menos.
Aprendí alguna lección. Tenemos que gastarnos más dinero en megafonía y menos en capas pluviales e incienso (esto último no se entiende y las palabras tampoco porque no se escuchan). Utilizamos la palabra PARA TODO y no se nos oye. Organización, tradición y formalismo el justo, no es necesario para que los cristianos manifestemos públicamente nuestra fe. El orden procesional y ‘de siempre’ completamente innecesario: tomamos la calle con cosas nuevas y de manera diferente. Las imágenes de nuestras devociones, no tienen porque ocupar el lugar central para hacer importante la manifestación pública de la fe. La lección más importante: podemos y debemos salir de nuestros templos para manifestar nuestra fe, nuestra esperanza (este fue el caso del sábado) y nuestra caridad. Hay que buscar el motivo: ¿el aborto? ¿la injusticia social? ¿la contaminación? ¿el hambre? ¿la falsa navidad? ... Razones para que se escuche una propuesta de Evangelio en nuestro mundo, sobre todo aquello que hace vivir al hombre sin la dignidad con la que fue creado.
Me sentí bien tomando la calle desde la fe y con la comunidad.

¿No os gustaría tomar la calle desde la fe dando abrazos como en la foto y que cambiase el color de la gente? Para eso no necesitamos ni megafonia. Por cierto, con mitra y capa pluvial creo que se abraza regular.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Equilibrio


‘Si la culpa es evolutiva, ¿podremos lograr desprendernos de ella? Puede que no. Pero a medida que alcanzamos una nueva conciencia, sustituimos la culpa por la responsabilidad. La culpa es vivida como una separación entre nosotros y el mundo. La responsabilidad, por el contrario, nos adentra en él. La responsabilidad es equilibro. ¿Y qué es la culpa sino su falta? Empecemos tal vez por ahí’ (EL PAIS SEMANAL, 13 diciembre 2009)

Equilibrio. Esa es la clave. Caminar sin caerse. Transcurrir por el delgado y estirado cable de la vida. Tensado por la frustración del parto a un mundo frío y desconocido y por el precipicio del abandono total en manos del Otro. Paso a paso, miedo a miedo, decisión tras decisión, mirada a mirada. Un equilibrio difícil. Solos pero con la vista puesta al frente, donde TU esperas. Los pies firmes en el cable. Con la cruz de cada día para mantenerse, para no caerse, colgados a ella, agarrados a ella para el paso siguiente que sólo desde ella adquiere sentido. Equilibrio mantenido pese al miedo de caerse. Un equilibro donde la inseguridad del trapecista novato o del mayor cansado de no llegar al final, lo hacen nuevo y comprometido cada día. No vamos solos, ¿o sí?. En el cable de al lado caminan otros. Una mirada, una palabra de aliento, un ¡¡cuidado!!, un adelante… hacen que vaya manteniéndose el equilibrio diario. De vez en cuando un descanso, un desprendimiento de algún peso innecesario. ¡Que maravilla estar sentado sin andar, sin decidir dar un paso más! Simplemente ver pasar a los de al lado. ¿Caerán? Ver a uno que duda, a otro que pasa arrasando sin mirar y tú ahí sentado, tomando aliento, con ganas de quedarte parado para siempre. Pasó el tiempo y hay que volver a levantarse, de nuevo decidir, de nuevo los pasos, las tormentas, los vientos y la cruz. Llegan el vértigo, los mareos o los sudores fríos ante una posible caída. El enemigo peor para el equilibrio es la tentación del abandono. Pararse, estar quieto, bajarse del ‘cable del día a día’, de la vida, parece la única solución para ‘mantener’ el equilibrio. Pero no…
Equilibrio es compromiso. Una persona equilibrada está erguida, de píe, es realista, no se esconde. El equilibrado sabe dar distancia, no deja de dar pasos, es consciente de su riesgo y de su situación. El equilibrio se convierte en normal cuando ya no miramos el precipicio, cuando caminamos confiados en nuestras fuerzas, cuando descubrimos que somos capaces de verdad del siguiente paso, cuando las tormentas se anticipan, cuando descubrimos que es en la mirada, en el corazón limpio y pausado, en la cruz de cada día, y en la seguridad que da el Hacedor del cable, donde están las razones y la seguridad del paso siguiente. Los que dan lecciones de trapecios ajenos, se les escucha, se les mira, se les agradecen… pero te agarras a la cruz (la tuya) y el siguiente paso. Con una mirada de amor y una sonrisa les mandas un ‘hasta luego’ que no suena a despedida pero que en realidad es un final. Las cosas bien colocadas por dentro, la cruz bien agarrada, las zapatillas dispuestas para caminar… equilibrio. De vez en cuando, ojalá fueran más veces, una mirada del otro, una sonrisa, un tú puedes, una caricia, un aliento. Gestos gratuitos de los que te aman que son el empuje necesario para el siguiente paso. Estos no dan lecciones de nada ni exigen respuestas que no tienes, simplemente te esperan, caminan contigo, te miran, te aceptan sin juzgarte. ¡¡Qué maravilla de equilibristas están hechos!!
Equilibrio es saber dónde estás, conocerte bien por dentro, saber dónde te estás agarrando y donde has puesto la mirada, cuál es tu horizonte, elegir bien a los que te ayudan en los pasos de cada día y de los que aprendes a equilibrarte. Es día a día, ahora y luego, dentro de un rato y ayer, mañana y pasado mañana. En la noche de los pasos inciertos e inseguros siempre hay una pequeña luz encendida que ayuda a mantene el equilibrio, la que nunca se apaga pero que bien cuando hay muchas pequeñas luces de los otros que iluminan la oscuridad que nos envuelve.
¿La responsabilidad? Un ejercicio de libertad con equilibrio asumiendo el riesgo.