jueves, 23 de agosto de 2012

Algo


El final de ‘algo’ indica el comienzo de otra cosa. Las persona, tú y yo, no podemos estar sin ‘algo’, ‘algo que hacer’, ‘algo que comer’, ‘algo que programar’, ‘algo que compartir’, ‘algo que vivir’… mejor dicho, no podemos estar sin alguien. Este ‘algo’ que termina tiene nombres. No hay ‘algo’ sin alguien que lo regale, lo comparta, lo llene de sentido, le dé profundidad, le de vida…. Este ‘algo’ que termina dejará unos nombres para que otros ocupen el sitio dejado y conviertan el otro ‘algo’, el nuevo, en maravilloso. Este ‘algo’ que termina nos ha llenado, ha sido una parte importante de nuestra vida durante un tiempo. Fue, está siendo, un ‘algo’ maravilloso ya que las personas que se han acercado a él, que lo han llenado de detalles, de momentos y situaciones han sido increíbles. Ellas, estas personas, han decorado con retazos de su piel, de su vida, las paredes y el suelo de eso que termina y sobre lo que he caminado acompañado, querido y guiado. Otro ‘algo’ comienza dentro de poco y otros muchos dejarán parte de lo que son para que no caiga, para que me levante, para que sea yo también el que deje un poco de su vida para el ‘algo’ adquiera una dimensión donde me encuentre a gusto, donde sea feliz, donde pueda descubrirme como único, irrepetible y querido. Necesitamos de ‘algo’ que llene de espacio nuestra vida y haga posible la vivencia del tiempo con un sentido. Pero el ‘algo’ no es importante, es sólo necesario. Lo importante es con quién compartes y realizas ese ‘algo’. El que termina ha tenido su valor por lo mucho que se ha compartido con los que se han acercado a tu vida, el sitio que les has dejado, lo que ha facilitado encuentros, abrazos, transformación personal… Es un espacio que se ha llenado de vida  y que ya no tiene sitio para el futuro que se vislumbra como horizonte. Es necesario abrir un nuevo ‘algo’, un nuevo sitio, una nueva realidad y dejar que otros muchos entren a tomar posesión del mismo, lo importante es abrirlo y entrar dentro de ese ‘algo’ nuevo, no se sabe muy bien que puede ser, no se conocen las dimensiones ni las personas que pueden ocupar el lugar, ni los que estarán dispuestos a quedarse un tiempo o sólo ojearan las dimensiones y saldrán corriendo por no estar dispuestos a darse, a compartir, a vivir. Alguno se sienta en él y se convierte en mero mueble, en una parte más del ‘algo’ pero que no da nada para llenarlo de luz o decorar alguno de los rincones, son nuevos objetos del lugar que también habrá que querer, reconocer y hacerles sentir parte del ‘algo’… Cuando ‘algo’ termina indica el comienzo de ‘algo’ nuevo, y esto siempre trae un poco de vértigo, de inseguridad y de miedo… por eso os invito a entrar y compartir conmigo, para quitarme los miedos de este ‘algo’ que comienza, que sin saber cómo ni por qué se ha presentado a mi puerta y está llamando… Creo que es ‘algo’ que me va cambiar la vida. 

miércoles, 22 de agosto de 2012

'Ospitalera'

Cantavieja, camino de la Muela

Fue durante el mes de julio durante mis vacaciones. Me esperó en la penumbra de la cocina, comedor, sala de estar, en un rincón de su casa, en su sitio… Sentado en el sillón, un viejo asiento para el que no pasa el tiempo… Fue un encuentro deseado. Me esperó, pues todos los días se acerca a la casa de los vecinos, la masía más proxima, para jugar una partida de guiñote. Le avisé con tiempo para que me esperase, no le dije la hora… aquella tarde elegida, decidió quedarse y esperar. Fue una gracia, un encuentro maravilloso… no hay mucho que decir, sólo estar, compartir. La penumbra de la estancia no me dejaba verle bien la cara. Lleva una gorra puesta, está tranquilo, siempre está tranquilo, siempre ha sido tranquilo… Un saludo, un abrazo, un montón de frases hechas, muchas coletillas para llenar los silencios… y mucha verdad, mucha paz, mucho sosiego, muchos deseos de compartir… ¿Qué decir ante un sabio? Poco, no sé que decir, que contar… mi mundo no aporta nada al suyo. Mis prisas no le dicen nada, mis agendas le dejan sin cuidado, mis agobios le preocupan poco, mis tareas no le ayudan a ser feliz… lo que interesa de mi es que estoy ahí, frente a él, que he llegado, que he venido, que soy parte de las personas que quiere, que tengo un tiempo para compartirlo, que hay una historia que es común, que no hemos vivido nada juntos pero las raíces son compartidas y, por lo tanto, estamos juntos en esta historia de la vida, del caminar y del ser… si del ser. Creo que al final la conversación, el encuentro terminó siendo una clase de filosofía o de metafísica… No tan técnica como en la Ponti pero si más práctica y cercana a la realidad.
Ismael, es el nombre de mi amigo, es pastor desde que nació. Ahora, con dificultades para andar, a sus más de ochenta años ha enseñado a sus ovejas a seguirle cuando se sube a su cuatro por cuatro. Le siguen y el perro hace el resto… Perdón, es una perra que es la mejor del mundo, por lo menos para él. Ha tenido descendencia y la está educando con esmero. Es la mejor herencia que puede dejar a quien continúe su tarea de pastorear… Está orgulloso de haber buscado para ella el mejor de los machos para que esta cachorra que está educando bien, sea la mejor… es su legado. Ismael es vida. Saber vivir y saber estar en su sitio, donde se es feliz, por eso no entiende las prisas, los enfados, los agobios, ni las agendas… de los que vivimos en otro sitio… parece que te está diciendo: deja todo, ¿no te hace feliz?, deja todo eso y busca tu sitio… Cada segundo de aquella tarde de julio escuché en mi corazón esto. Encontrarse con un hombre feliz, en la montaña, con el silencio, con la penumbra de su casa, de su salón… asusta un poco, cuestiona, es un espejo real que no deforma lo que eres. ‘Muchas veces me dicen que me vaya al pueblo, que estaría mejor… mi sitio es aquí, aquí estoy bien, no necesito nada más. He estado toda la vida, estoy bien’ ¿Qué necesito yo? ¿Cuál es mi sitio? Me preguntaba, eso que llamamos conciencia, en cada momento. Lección tras lección, pausa tras pausa, recuerdos tras recuerdo… Mis abuelos, mis padres, mis tíos, sus padres, sus hermanos, sus sobrinos… amigos comunes, familia… llenaban de luz la penumbra de aquella masía en la montaña, donde sólo el ladrido de los perros rompe la paz buscada y deseada, construida por la vida sencilla y sin necesidades falsas.
‘Lo que más me jode, es que le puedan robar la ilusión’ Vaya frase, filosofía pura. Es su análisis ante el robo de una maquinaria a un sobrino suyo que vive también la montaña. Le robaron parte de una empacadora y su respuesta es esa. Filosofía de la vida. Un hombre que no es feliz no puede responder así. Un hombre que no haya encontrado el sentido de la vida no puede responder con esa pequeña frase. Nosotros metidos en el mundo del tener haríamos una valoración de la máquina, el coste de la misma, cómo puede el seguro reponer parte de la inversión… Eso es necesario para seguir en la brecha del campo, de la montaña, del cuidado de los animales, del sustento merecido pero… no es lo importante, lo importante es seguir viviendo donde has elegido vivir y hacerlo con ilusión… El ya no deja las llaves puestas en su cuatro por cuatro como lo ha hecho siempre… Pero no ha perdido la ilusión, no ha perdido la brújula para saber cual es su sitio, dónde esta la felicidad…
Gracias, Ismael… qué regalo me hiciste esa tarde de julio.
‘Ospitalera’… que bien lo pasé.
('Ospitalera' es una coletilla que usa mucho Ismael al hablar, que también usaba mi abuela, que es una mezcla entre 'taco light' y expresión de sorpresa, ánimo, compañía, cariño, admiración, gusto de estar contigo, incomprensión, caricia, relleno de conversación, compañía, acogida... ¿Quizá se escribirá con 'h'?)

domingo, 19 de agosto de 2012

"Muchachos..."



Decidimos convertirnos en constructores de un mar, un pequeño océano azul como horizonte de un mundo mejor, más justo y más lleno de dignidad que todos los que conocemos hasta ahora. Donde todos disfrutaran de una sonrisa, de un encuentro, de un plato de comida caliente y un abrazo. No sabíamos como podíamos alimentarnos nosotros en un mar revuelto, y sin nada. No traíamos mucho, pero algo siempre hay en la mochila para comenzar (nos acordamos que un muchacho con unos peces y un poco de pan alimentó a muchos, cinco mil dicen). Estábamos en eso cuando alguien se acercó a preguntarnos por el pescado. ¿Tenéis?, nos preguntó. Nada de nada, fue nuestra respuesta. Además,  no sabíamos pescar. La respuesta fue clara y directa: No tenemos, ‘solo tenemos un mar y todavía no sabemos cómo podemos pescar en él y qué pescar’ añadió uno de nosotros que nos habíamos subido a la barca. La pregunta nos inquietó ya que no sabíamos para que quería nuestro pescado si Él tenía pinta de buen pescador. Decidimos ponernos manos a la obra, mejor dicho a la red, necesitábamos una para comenzar a pescar y lanzarnos al mar, al océano, a la oscuridad, a la vida. Empezamos a tejer una tupida red. Los nombres de los que estábamos en la barca podrían ser los primeros nudos de una red hecha para pescar donde el visitante (Pescador) nos había indicado… ‘allí, a la derecha de la barca’. Así cada uno ofreció su vida para ser parte de una nueva red que recoja la pesca. Francisco Javier, Sabrina, Juan Bautista, Lucia, Miriam, Eva, Cristina, Laura, David, Roberto, Iñigo, Álvaro, Particia, Alicia, Mónica, Lorena, Marina, Jesús, Diana, María, Ángela, Antonio, Miguel Ángel, Paula.
El mar nos fue ofreciendo peces y más peces, la red se fue tejiendo de nudos de vida, nudos con personas inolvidables, nudos de momentos que han tejido una red que pese a ir llenándose no se rompió ni se romperá nunca. Solo había que poner la vida después de verse desnudo y conocerse para vestirse y lanzarse a un océano abierto como horizonte de vida y llenar la red. Pesa pero es una auténtica gozada descubrir que los 153 pescados que la hacen rebosar son la recompensa de la respuesta a la voluntad del Pescador, que se acerca a nuestra vida y nos llama a ser nosotros mismos, auténticos pescadores. La red crece y no se rompe. Los peces se multiplican y nos invitan a seguir esperando y bregando, vamos en el buen camino.
Hemos pensado que estábamos llamados a pescar, hemos creído que la tarea nos llenaba de sentido… ¡¡Valemos para ser pescadores!! La satisfacción nos hacía sentirnos bien, útiles, contentos. El trabajo ha sido mucho, hemos sido capaces de realizarlo, de concluir aquello que nos había convocado… pese a la noche, pese a estar desnudos, pese a no tener red, pese a no saber pescar, pese a sentirnos inútiles… la red está llena. Lola, Jesús, Isable, Juan, Fran, Pana, Rafa… un café tertulia, mil comidas, mil números, mil bandejas, mil abrazos, terapias, piscinas, cuadrantes, baños, cenas, días libres… Hay peces para dar y vender, para poder llenar este mundo: fraternidad, acoger, ser uno mismo, eucaristías, María, ser uno mismo… Estamos satisfechos…
Nos encontramos de nuevo con el Pescador, el que nos llama y ya no pregunta si tenemos pescado… lo ve, tenemos, sabe que dónde Él nos ha indicado ha hecho llenar la red… está preparada para ser vendida, para compartir… Parece que eso no le interesa. Ahora su propuesta es diferente y muy sencilla, algo que nos sorprende… Nos da las gracias o nos recuerda que ha sido el Él quien nos indicó dónde pescar. Ha preparado unas brazas en la orilla de la vida, en el margen de lo que nosotros pensamos que es la tarea. Son las brasas del sentido, las brasas del sosiego y del encuentro, las brasas del banquete… Ya no pregunta ahora invita: ‘Venid y comed’. Quiere estar a nuestro lado, quiere nuestra vida, quiere comer con nosotros. Esto es a lo que estábamos llamados a ser: sentarnos al lado de su fuego, dejarnos alimentar por Él, aceptar su invitación… ¿La pesca? Muy bien, pero si nos paramos un momento, si dejamos que Él ocupe el centro de nuestra vida…¡¡Menudo almuerzo nos espera!!
"Muchachos… ¿Me hacéis sitio?"