viernes, 14 de abril de 2017

Cirineo


Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del
campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz (Mc 15, 21)

Es en la calle donde se produce el Encuentro. Ni quiere, ni pasa por su imaginación, ni lo haría nunca. Simón no quiere protagonismos, ni llamar la atención, está bien en el anonimato del montón, escondido entre los suyos, entre la gente. Hace lo normal, viene del campo. Es lo que hace todos los días. Se ha parado en la calle para ver pasar, para ver que era aquel tumulto, para ver cual era la razón de tanto revuelo. No le gusta lo que ve, hay dolor y sufrimiento, pero está tranquilo, no va con él. Ve sufrir a hombres que cargan con la cruz, sudando, cayéndose, gritando… ensangrentados por los golpes, ultrajados por los gritos de los soldados. Llegó a pensar que ‘algo habrán hecho’ para acallar su conciencia y dar razón a su indiferencia. Pero en su corazón sabe que nadie, ni estos malhechores a los que no conoce, se merecen tanta injusticia, tanto dolor. No pierde ojo, pero siempre en la distancia, así puede observar a unas mujeres llorando, sufriendo, desconsoladas… Intenta ponerse en su lugar, intenta ponerse en su piel, le cuesta, pero siente en sus entrañas el dolor si uno de ellos fueran sus hijos, Alejandro y Rufo, lo mucho que sufriría su esposa. Prefiere no pensar, solo mirar, dejar que su corazón no sienta. Tiene su vida organizada, trabajo, familia, momentos de encuentro con los suyos, sinagoga los sábados y las fiestas, intentar que sus hijos estén bien y no se metan en muchos líos, que sigan creciendo. Esto de mirar lo que pasa es solo un momento, no va con él, prefiere la rutina del hacer cotidiano. Además, produce sentimientos encontrados en su corazón, el dolor de los otros hace que el corazón se convierta en sensible, el sufrimiento de aquellos que iban a ser crucificados hace mella en él, los abusos de aquellos soldados hacen que se sienta mal, que broten dentro de él deseos de denuncia, de pedir justicia, de pedir clemencia y compasión… Piensa en irse a su casa, en volver a retomar su camino de normalidad, de indiferencia, de dejar pasar y hacer… ‘yo no soy de meterme en líos’ piensa por sus adentros, cuando…
…es sacado afuera, es puesto al lado de los que sufren y tiene que pasar por el dolor y el sufrimiento que ellos pasan, es llamado para cargar con la cruz de los otros. No puede decir que no, le obligan. La cruz ahora es suya, los gritos los recibe él. No quiere, no es su culpa, que ellos carguen con ella. Pero están sufriendo y necesitan compañía y ayuda… Algo va a pasar, una vez allí ve su rostro, Él le mira con compasión y se siente comprendido y querido, esa mirada no la olvidará nunca. Ha habido un encuentro, están en la calle. Son los ojos del que, desde la posición de dolor, de sufrimiento, agradece una ayuda y una compañía. Son unos ojos que hablan de un corazón limpio que sufre la injusticia y perdona. No puede hacer otra cosa que cargar con su cruz, liberar de esa carga al que la lleva. Algo ha cambiado, ya no es una carga, ahora lo hace gustoso, ya no está obligado, descubre que es propio de su condición ayudar, aliviar la carga del otro, del que sufre. ‘Debí hacerlo antes…’, piensa, y agradece la obligación. Ahora siente en sus carnes el abuso de los soldados, quiere revelarse, quiere denunciar, quiere señalar con el dedo aquello que quita la dignidad del hombre. No puede dejar de pensar en la mirada de aquel a quien ha ayudado. Le da igual que le miren, que le insulten… siente que las lágrimas de las mujeres también son por él, que su esposa lloraría, que sus hijos sufrirían… pero una mirada le ha traspasado el corazón, una mirada limpia, una mirada de un calor que ha roto para siempre el frío de lo cotidiano y de la rutina. Esa mirada ha llenado de luz su vida y la calle, donde le ha conocido. Es en ese encuentro donde su vida ha dejado de estar vacía, donde la cruz del otro se ha convertido en bendición, donde la compañía se ha hecho parte importante de su vida para siempre…
Me gustaría ser cireneo de cruces que otros cargan para poder ver en sus ojos y en su mirada, Aquel que da su vida por nosotros. Que la calle no sea solo lugar de mirar a las imágenes que pasan esta Semana Santa, imágenes que recuerdan el Misterio, quiero que sea lugar de servicio, de aceptar propuestas de darse, que sea lugar de consolar al que sufre y llora, que sea lugar de construir Reino de Dios en el darse. Quiero, como ‘cireneo’ del siglo XXI, que no me obliguen a darme, a compartir camino con el que injustamente es tratado, sino que salga y denuncie, grite, llore, me solidarice con el que es desalojado de su casa, privado de sus derechos por no tener papeles, excluido por pensar que nos va robar parte de ese privilegio que creemos en propiedad y es un regalo. Quiero ayudar a llevar las cruces de la enfermedad, del dolor, de la angustia de un destino incierto… Deseo poder mirar a los ojos a las mujeres que lloran por abandono, violencia, maltrato, injusticia social o el dolor por sus hijos… y no conformarme con ver sino poder acercarme y llorar con ellas, luchar con ellas, hacer mío su dolor.

En lo cotidiano, en la calle, con los que sufren, con los que cargan cruces pesadas y muchas veces injustamente impuestas, cruces anónimas y pesadas… quiero ser ‘cirineo’ y romper toda indiferencia o frialdad ante el que sufre, llora o ha perdido su dignidad de hijo de Dios por el abuso de los otros. Quiero encontrarme con Él en los otros, en la calle, en medio del mundo. Es en la calle donde se produce el Encuentro.

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