Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz (Mc 15, 21) Es en la calle donde se produce el Encuentro. Ni quiere, ni pasa por su imaginación, ni lo haría nunca. Simón no quiere protagonismos, ni llamar la atención, está bien en el anonimato del montón, escondido entre los suyos, entre la gente. Hace lo normal, viene del campo. Es lo que hace todos los días. Se ha parado en la calle para ver pasar, para ver que era aquel tumulto, para ver cual era la razón de tanto revuelo. No le gusta lo que ve, hay dolor y sufrimiento, pero está tranquilo, no va con él. Ve sufrir a hombres que cargan con la cruz, sudando, cayéndose, gritando… ensangrentados por los golpes, ultrajados por los gritos de los soldados. Llegó a pensar que ‘algo habrán hecho’ para acallar su conciencia y dar razón a su indiferencia. Pero en su corazón sabe que nadie, ni estos malhechores a los que no conoce, se merecen tanta injusticia...