El de Cirine, Simón, era uno que pasaba por allí. ¿Quién le habría mandado estar aquella tarde en Jerusalén? No lo sé. Lo increíble es que por obligación tuvo un gesto que seguramente no olvidó jamás. Increíble, cargó una cruz… menudo miedo… ¿y si en aquel momento pasa algo y lo crucifican a él?. Vaya palo, de un espectador más y medio escondido, pasa a ser protagonista de un acontecimiento de la Historia, de conocer por primera vez a aquel hombre machacado y ensangrentado y poder ayudarle, a cargar con su cruz. Estar fuera de su casa, de su ciudad y de su día a día, sin querer, obligado y forzado a hacer algo con miedo y sin ningún tipo de deseo… pasó a ser protagonista de servicio, de encuentro con el Señor coronado de espinas que cambió el mundo, que amó hasta el extremo… Da la sensación que este hombre de Cirene paso de ‘Yo no quería’ a gozar de aquello que cambió su vida para siempre. En la vida de fe nos pasa muchas veces algo parecido, simplemente hay que estar dispuesto, hay qu...