Comunidad pascual

 


Estamos en Pascua. La mayor fiesta de los cristianos. Celebramos, con inmensa alegría, que Cristo ha resucitado. El Hijo de Dios hecho hombre ha vencido a la muerte, es el primero de todos y todas. En Él reconocemos que nuestro Dios, el que Él nos mostró, es de vivos, cercano, que cumple sus promesas y que todos somos hijos por, en y con Él. Esta es nuestra fiesta, que es tan grande que necesitamos cincuenta días para celebrarla en plenitud. Estamos al principio y nos llena de profunda alegría poder gritar en medio de nuestro mundo que Dios ha vencido a la muerte, que hay esperanza, que el mal, lo que mata y quita la dignidad al hombre, no es el final de nada. Los que creemos en esta verdad, estamos llamados a ser hombres y mujeres de esperanza. La esperanza, como la utopía, es lo que nos lleva a dar el primer paso para seguir caminando. Tenemos una misión. Debemos anunciar que la vida tiene un sentido; que el dolor, el sufrimiento y la muerte son vencidos por Aquel que nos da la vida. No podemos quedarnos en lo que nos llena de oscuridad y desesperanza, somos (todos) hijos de la luz y la esperanza, resucitados con Él. Esta es nuestra fe. 

Una característica de la Pascua es la comunidad. Una y otra van juntas. No hay Pascua sin comunidad, no hay comunidad de creyentes sin Pascua. Son las mujeres (plural), con Maria Magdalena a la cabeza, las que se acercan al sepulcro vacío y las que reciben la primera noticia de ese paso maravilloso de la muerte a la vida. Es al grupo, comunidad, donde lo anuncian, ‘no está aquí, ha resucitado’. Son dos los apóstoles que salen corriendo hacia el sepulcro, Juan y Pedro, y que vuelven al resto para anunciar lo que están viviendo, que ha resucitado el Señor. Son dos los que caminan hacía Emaús y los que invitan a un transeúnte a comer, luego reconocerán al Señor al partir el pan. Son varios los que, encerrados en casa, reciben la aparición de Jesús para que en la mesa compartida puedan darle algo de comer y ver sus llagas. Es en la comunidad de discípulos donde Tomás pronuncia la oración maravillosa de respuesta que hemos hecho nuestra tantas veces, ‘¡Señor mío y Dios mío!’. Son varios los que han trabajado en el mar por la noche y almuerzan un pescado hecho en las brasas al lado del lago por el Señor. Todo es plural, todo es compartido, todo es en y para la comunidad. La fe en la resurrección es comunitaria, la comunidad es lugar de renovación, celebración y proclamación de la misma. La comunidad se genera por testigos y estos crean la comunidad que se convertirá así en verdadero testigo del Resucitado, el Señor. 

Esto tiene unas consecuencias maravillosas para nuestra vivencia de discípulos y discípulas hoy. La fe no se vive por libre, no es algo sólo personal, no es algo sólo mío. La fe en el Resucitado, en el que pasa por nuestra vida y nos cambia el corazón, es comunitaria, tiene una dimensión donde el otro, que cree como yo, es partícipe de lo que soy. Yo también quiero y necesito hacerme presente en lo que él vive y es. De aquí nace la necesidad de celebrar la fe, de participar en la Eucaristía, de sentirme parte de una comunidad de creyentes donde se proclama el Evangelio, se parte el pan y se construye el proyecto de Dios que es la fraternidad. La Pascua nos invita a participar en nuestra comunidades, a sentarnos alrededor del altar en nuestras iglesias y celebrar que el Señor se hace el encontradizo con y en la comunidad reunida. El gesto de partir el pan es presencia real suya para que salgamos a anunciar que vive. Es en la comunidad donde podemos y debemos lavar los pies a los otros, ayudarles y servirles. Este es un gesto que da testimonio de la presencia real del Señor en medio del mundo. La comunidad es donde Él ‘pasa’ (Pascua), en su nombre nos reunimos, y Él está presente en medio de nosotros. 

Ahora no hay miedo, por lo menos en muchos lugares del mundo, por eso nuestras iglesias, que deben ser verdaderos lugares de encuentro con el Resucitado. Tienen que ser lugares, y sobre todo comunidades, de puertas abiertas, de brazos que acogen, donde hay momentos de perdón y misericordia. Lugares donde sean reales y se den propuestas de hospitalidad y fraternidad. Las puertas abiertas, simbólica y realmente, hablan en medio del mundo de una mesa abierta y larga donde Él se hace presente, real y vivo, se parte y se da, para todos, todos, todos. Así seremos una verdadera comunidad pascual. En la comunidad podremos encontrarnos con Él, porque ‘pasa’ (Pascua), se hace presente y se queda. 


(Publicado en la hoja de la TOC el 12 de abril de 2026)

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