Caminando juntos, a su lado
Aquellos tres días fueron intensos, únicos, quizá los tres días más importantes de la historia de la humanidad. Todo comenzó con la preparación de una cena. Hubo muchas pero ninguna como aquella. Al Maestro le gustaba mucho la mesa, reunir a los que quería alrededor de una para compartir la vida. Eran unos amigos, unos discípulos y un Maestro. Querían celebrar la Pascua, estaban en Jerusalén, habían venido para eso. Buscaron una sala grande para cenar, eran muchos, más de doce, había hombres y mujeres, todos conocían al Maestro y querían vivir con Él ese momento tan especial. La sala estaba en la parte de arriba de una casa, algunos se encargaron de prepararla. Caminaron juntos, a su lado, para el encuentro, llegaron juntos casi todos ellos. Alguno llegó tarde, pero le esperaron. Todos tenían sitio. La sala se convirtió en Cenáculo, lugar de intimidad y de verdad, de compartir vida y proyecto, donde se partió el pan y pasó la copa de vino entre ellos como nunca antes se había hecho. Todo empezó a ser distinto cuando el Maestro les lavó los pies para dar la gran lección, ‘el que quiera ser primero entre vosotros que sea servidor’. Cenaron juntos… Habían caminado juntos, a su lado, hasta allí. Valió la pena. No lo olvidaron nunca. De ella hicieron memoria siempre, dieron testimonio de ello.
Terminada la cena, algunos de ellos caminaron juntos, a su lado, hacia Getsemaní. Era un huerto con olivos milenarios, un lugar de vida, de encuentro. El Maestro los invitó a estar en vela, a rezar con Él, aquella noche necesitaba compañía. Juntos, a su lado, como otras veces. Lo vieron rezar y hablar con Díos, sabían que algo era diferente, no sabían qué, lo vieron sudar, inquieto en el sosiego que le daba siempre la oración. Él sueño les pudo, se durmieron. El Maestro los despertó varias veces hasta que un pequeño tumulto los despertó. Juan, Pedro y Santiago se pusieron en guardia, no sabían que pasaba, vieron llegar Judas… un beso, unos soldados… se llevaron a Jesús, y se ponen de nuevo en camino juntos, a su lado. Llenos de miedo le siguieron, no querían dejarlo solo. Pedro tomó la iniciativa de este camino.
Caminó junto a Él, a su lado, pero en la distancia llegaron a casa del sumo sacerdote. ¿Qué está pasando? No sabían. Pedro se atreve a estar más cerca. Vienen los miembros del Sanedrín, va a pasar algo pensó Pedro, un juicio. Se queda con los sirvientes, tiene miedo y frío, se calienta en una pequeña hoguera. ¿Qué está pasando?, se seguía preguntando, ¿qué hacer? Una mirada y una pregunta le ‘despierta’ de sus dudas, de sus preguntas sin respuesta. ‘¿Eres uno de ellos? Eres galileo…’ Una negación, y otra y una última… su alma se llenó de un dolor tremendo cuando la luz de los ojos de Jesús lo iluminaron. Lo vio y un dolor le llenó el corazón. A su lado, caminando juntos tantas veces y ahora… la traición, el dolor de haberle fallado para siempre. El juicio que le hacen a Jesús muestra la injusticia de la envidia, del poder como privilegio, de la autoridad como dominación… algo que forma parte de la historia de la humanidad y que Jesús es víctima de ella. Una mentira injusta, una acusación vacía que se intenta disfrazar de una verdad rancia y carcomida por la envidia, la falsa superioridad y la falta de compasión. No se quedaron ahí, quieren más…
El camino continúa hacia el poder, los que tienen la fuerza, los que pueden ejecutar de una manera definitiva una sentencia inmisericorde y tremendamente injusta. Caminaron juntos, a su lado, aquellos que habían cenado con Él y se habían enterado que se lo habían llevado. Parece que está sólo pero no es así, en la distancia pero a su lado. En este itinerario de pasear la injusticia por las calles, guardando las distancias, también caminaron algunos de ellos, con temor, escondidos, con distancia… pero a su lado. Con miedo guardan silencio cuando oyen gritos que buscan el daño y el dolor, que exigen hacer de la injusticia bandera, ¡¡¡Crucifícalo!!! ¡¡¡Crucifícalo!!!... no gritaban pero estaban allí para estar con Él, para caminar juntos a su lado, aunque no sabían qué hacer. Disimulaban ante el grito de liberar a Barrabás, no entendían nada, era incomprensible pero siguieron a su lado, caminaron con Él.
El camino del calvario los rompe por dentro, no entienden, no se atreven a coger la cruz y levantarlo de una caída y otra. Casi no lo han reconocido al salir del pretorio pero saben que es Él. Lleno de golpes, con una corona de espinas, desnudo… Es Él por la dignidad que no ha perdido al mantener su palabra, su proyecto, la Verdad, la propuesta de reino. Ya no van solos, acompañan a su Madre y ella les acompaña a ellos. Hombres y mujeres que con miedo, con cierta cobardía y temor caminaban juntos, a su lado, hacía el lugar de la muerte, de la crucifixión. Hay llanto, dolor, incomprensión, desgarro… es la cruz de aquellos que le aman, que se sienten amados por Él. Cruces que cargan para caminar juntos, a su lado, con Él.
Levantado sobre la tierra, como un ladrón. La injusticia de los hombres y mujeres de este mundo mostrada para siempre en la figura de Jesús, no fue la primera vez ni será la última. Se siguen crucificando tantos hombres y mujeres por la injusticia de otros. A su lado, caminaron con Él, hasta este momento de un final inesperado, de máximo dolor. Se quedaron con Él, en la distancia pero a su lado. Después de perdonar y reconocer a su Madre entre la gente, de mirarla y dirigirle unas palabras para intentar romper su soledad, tuvo sed, una sed de la justicia y el amor para cada hombre y mujer de este mundo. Habló con Dios de nuevo y en sus manos puso su vida… expiró.
Parecía que el camino había terminado. Él había muerto. Caminaron juntos para buscar un sepulcro, lo bajaron de la cruz, caminaron hacia el huerto de José de Arimatea, eran un grupo junto a su Madre y unas mujeres. Juntos caminan, en medio Él. Juntos sellan la cavidad donde lo dejaron con una gran piedra, parece que todo ha terminado. Es viernes, caminan juntos, con Él en sus pensamientos y en su corazón. Tiene que seguir una vida que ha perdido su sentido, profundidad y esperanza.
El día primero de la semana, caminan juntos hacía la tumba, María Magdalena quiere ver el lugar, llenar su tiempo de recuerdos, cuidar el cuerpo sin vida de aquel que le cambió la vida, al que amó tanto. Caminaba con Él, a su lado, pese a saber que había muerto, sus ojos con lágrimas, su vida sin sentido, su proyecto sin esperanza… De repente algo ha pasado, la piedra está movida, el sepulcro vacío…
De repente una palabra la cambió para siempre: ¡¡¡María!!!. Caminar de nuevo, con Él a su lado, para contar lo que ha visto, lo que ha escuchado, lo que ha descubierto, el encuentro que había tenido… La desesperanza se transforma en gozo, en sentido, en vida de verdad, en proyecto, en necesidad de comunidad, de dar testimonio… ¡¡¡Ha resucitado!!!
Desde entonces seguimos caminando juntos, a su lado.
(Publicado en el programa de Semana Santa de Vila-real, 2026)

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